A Leo Oyola
Quién iba a decir cuando decidimos salir todos en campamento que pasaría lo que pasó. Planear el viaje fue lo más lindo, nadie había ido nunca a los lagos del sur y empezamos a imaginar aquel paisaje boscoso en las montañas desplegando los mapas que consiguió Dante “Probeta”, el profesor de química, un tipo solterón al que todos queríamos como a un hermano mayor porque, sin aplazar a nadie, había conseguido que aprendiéramos las fórmulas de casi todo lo que existe en la naturaleza. La química orgánica y la inorgánica son como el alma y el espíritu, decía sin que nadie entendiera muy bien a qué se refería, porque la desesperación y la angustia también son elementos polivalentes aunque las ciencias exactas no hayan descifrado aún sus posibilidades de combinación.
Ahí estaban los mapas que Dante Probeta fijaba con tachuelas sobre el pizarrón y ante los cuales nos agolpábamos los cuarenta alumnos de segundo primera, excitados por la aventura inminente de internarnos en un mundo desconocido y tan lejano, para todos era nuestra primera experiencia lejos de casa y de nuestros padres, estáis a punto de destetaros, decía el profesor de castellano, un español más antiguo que viejo y que parecía recién bajado del barco que lo trajo a América como polizón de los conquistadores, según la leyenda que sobre él circulaba en el colegio. Por su espalda cargada pero además por su rostro de ojos saltones y a la vez melancólicos y sus mandíbulas prominentes, parecía un camello y se había ganado el apodo de “el dromedario”. Él y la profesora de matemática, a quien habíamos bautizado “Raíz cuadrada” por su virginal ignorancia de todo lo que no tuviera que ver con cálculos y ecuaciones, serían con Dante Probeta nuestros tutores en la expedición a los lagos del sur.
Tomamos el tren en la terminal de Constitución, una fría tarde de septiembre. Natalia había ido a despedirme y le pedí que, cuando el tren arrancara, corriera por el andén con los ojos llorosos como en las películas cuando los amantes se separan, pero se negó aludiendo que a quién se le ocurre llorar cuando después de tres meses de vernos hasta en la sopa es la primera vez que me quedo sola con todo Buenos Aires a mis pies, y vio partir el tren muy quieta, con una malévola expresión cubriéndole el rostro como una máscara y que me obligaría a llamarla por teléfono desde Bahía Blanca para comunicarle que ya no éramos novios ni volveríamos a vernos nunca. Su feliz carcajada fue peor que la mirada satisfecha desde su inmovilidad en el andén de Constitución, lo que me enseñó, cuando recién entraba en la adolescencia, que las despedidas por teléfono son como las armas de fuego que carga el diablo, se disparan en contra de quien aprieta el gatillo y terminan destrozándonos, cuando de lo que se trataba era de arrancarme con rabia el dolor intenso de aquel primer desengaño.
Pero nada es eterno a los catorce años, ni la tristeza ni los viajes en tren al sur, y al atardecer del día siguiente llegamos por fin a Bariloche. Dormimos esa noche en un hotel para estudiantes y a la mañana nos trasladamos en dos pequeños buses hasta el pie de la montaña. El plan oficial del viaje era subir hasta un refugio, dormir allí y partir en busca de lagos escondidos en las alturas, conocidos sólo por el guía que nos esperaba en el refugio y en cuyas costas acamparíamos toda esa semana. El plan secreto, clandestino y minuciosamente estudiado durante meses, era deshacernos de Sarlenga, tratar de que sufriera un desdichado accidente, en palabras del rubio Caralarga, jefe natural del grupo complotado para la sucia pero imprescindible tarea.
Queríamos evitar, es bueno aclararlo, que la operación se transformara en una tragedia que terminara arruinándonos el viaje, por eso se había creado aquel trío de alumnos conocido como “los impenetrables de segundo primera”, una suerte de secta conformada por imberbes unidos por el odio al insoportable Sarlenga. Teníamos en claro que lo prioritario era el viaje, disfrutar de la excursión por aquellos hermosos parajes y tratar de conquistar a las bellas de la clase. Laurita Tornú y Amalia Montecassino eran los máximos trofeos, aunque muchos sabíamos de antemano que tendríamos que conformarnos, en el mejor de los casos, con ejemplares del montón como Renata Molinos o Débora Mendelián, o volver a Buenos Aires con las manos vacías, hartos de escuchar los relatos de Sarlenga, la crónica repetida de sus romances con mujeres inaccesibles al común de los mortales, historias que nadie se atrevía a cuestionar porque Sarlenga mostraba sus piezas en cuanta ocasión se presentaba, en una fiesta o a la salida del colegio, rubias espectaculares o morochas de ensueño pasaban a buscarlo en autos descubiertos que parecían carrozas medievales con motores de última generación, Sarlenga gritaba nos vemos mañana, pendejos, y de un salto ya estaba instalado frente al volante y la rubia o la morocha de turno acariciándolo, apoyando la cabeza en su hombro enclenque, perfumándolo, borrándolo de nuestras miradas turbias de impotencia, son putas –decía el colorado Manteiga para consolarnos-, al padre le sobra la guita y en vez de mandar a buscarlo con un chofer, lo manda a buscar con las putas.
Acabar con Sarlenga tenía sus bemoles porque no era un tipo que pasara desapercibido. Es más sencillo librarse de un personaje oscuro, de un tipo tímido y retraído como lo había sido en su momento Huguito Luva, alumno mediocre y timorato que sólo se destacaba por estudiar de memoria los temas en los que había que razonar, y sorprenderse cuando la profesora de matemáticas le pedía que resolviera una ecuación y Huguito Luva copiaba en el pizarrón la que se había resuelto en la clase anterior, provocando en esos casos los carcajeos burlones de los cuarenta alumnos de segundo primera y el apaciguado enojo de la Raíz Cuadrada, que había heredado a Huguito Luva en sucesivas repeticiones de curso y parecía resignada a cargarlo de año en año como a una pesada maleta.
Por eso fue un alivio para todos que Huguito Luva dejara de asistir a clase. Nadie preguntó por él, el comité de disciplina se reunió un par de veces para analizar el caso y se llegó a la conclusión de que los padres habrían decidido no perder más tiempo tratando de educarlo y le habrían conseguido un trabajo, aunque nadie imaginara qué tareas podría desempeñar con su físico descarnado, su cráneo vacío y esa timidez inaceptable que le impedía mirar de frente el mundo, aceptar sus desafíos, resistirse.
Pero con Sarlenga no iba a ser tan fácil, era robusto y andaba por el mundo subido a su arrogancia como si condujera siempre un auto deportivo de las putas que le mandaba el padre a la salida del colegio. Pocas veces nos dirigía la palabra y cuando lo hacía era para señalar nuestra torpeza al encarar mujeres en la calle, quién va a darles bola a ustedes, pendejos, si no saben ni hablar, decía, aprendan de papá, y antes de llegar a la siguiente esquina, la mujer que él abordaba y que hasta entonces nos había parecido una esfinge ya iba derritiéndose de la risa, hipnotizada por el discurso y los ademanes de Sarlenga.
Cada vez que el Rubio Caralarga había intentado imitar las proezas de Sarlenga había vuelto con un moretón en la cara o el labio partido por una bofetada, y lo mismo sucedía cuando cualquiera de Los Impenetrables quiso hacer lo mismo, lo que nos llevó a entender que el mundo de las mujeres tenía leyes que jamás aceptaríamos como propias, valles y remansos que no conoceríamos si no nos animábamos a entrar en ellos como los moros en España o los españoles en América, por eso estábamos dispuestos a pelear como cruzados por el amor y la dicha, con la fe de nuestro lado y los herejes en la hoguera.
La oportunidad se presentó la mañana en que Dante Probeta, el Dromedario y la Raíz Cuadrada decidieron tomarse el día libre para hacer compras en el centro comercial de Bariloche y nos dejaron a todos bajo la responsabilidad de dos guías que nos enseñarían según ellos a perderle el miedo a la montaña. No vamos a escalar el Aconcagua pero treparemos hasta aquella cima nevada, anunciaron los guías, señalando un inquietante paredón que remataba en la altura con un filo de cuchillo mellado por las nubes. El Rubio Caralarga protestó a voz en cuello aludiendo que él era asmático, a lo que los guías respondieron que nada mejor para los bronquios que el aire puro de las alturas, y el Colorado Manteiga terminó de convencerlo diciéndole que se acercaban la hora y el lugar exacto para librarnos de Sarlenga. Lo cierto es que si al Rubio le silbaban los bronquios era porque fumaba como un murciélago y lo del asma era una excusa para su miedo a las alturas, pero es sabido que el odio se impone a cualquier otro sentimiento, incluso al de autoconservación de las especies, y pronto estuvimos la dotación completa de segundo primera en marcha hacia la montaña.
El objetivo a conquistar, que visto desde el valle en el que se encontraba el refugio nos había parecido tan cercano, desapareció de nuestra vista cuando nos fuimos internando en el bosque y al salir nos encontramos con la piedra desnuda, escalones gigantescos de lo que se nos antojó entonces como un muy apropiado altar de sacrificios. Para colmo la mañana, hasta un rato antes luminosa y diáfana, se envolvió en velos de niebla como una dama misteriosa, haciendo que de los cuarenta alumnos sólo nos fuera posible ver a media docena, aunque todos avanzáramos en fila y conducidos por los guías, cuyas voces de mando resonaban en la niebla como provenientes de otro mundo. La excitación por la aventura iba ganando al grupo entero, algunos se asustaban y pedían volver no ya al refugio sino a Buenos Aires y, de ser posible, a sus casas y al regazo de mamá, pero otros gritaban entonces que no fuéramos cagones, el colegio entero se reiría de nosotros si no alcanzábamos el objetivo, si hasta los de primero primera, que son unos lactantes llorones, hicieron cumbre el año pasado, gritó Sarlenga para que su condición de líder no quedara también oculta por la niebla.
Cuando llegamos al pie del paredón, los guías nos hicieron rodearlos formando un círculo para vernos las caras y explicarnos que no sería tan difícil la escalada como parecía, pero que deberíamos actuar con mucha prudencia y acatando estrictamente sus indicaciones. Regresaremos por la cara opuesta de la montaña, que tiene para bajar al valle un camino por el que suben los autos, dijeron. Muchos protestaron porque qué sentido tenía hacer cumbre en un lugar al que podía llegar tan orondo cualquier automovilista. Si atinan a orientarse en la niebla que dejaron atrás, pueden volverse ahora mismo, dijo uno de los guías. Todos miramos con recelo a nuestras espaldas y cerramos aún más el círculo en torno a ellos. Nos colocamos unos arneses en la cintura y nos atamos unos a los otros, formando una fila de menor a mayor que abriría un guía y cerraría su compañero; si alguien resbalaba, el resto lo contendría. Sarlenga fue la voz discordante del grupo, a él nadie lo había atado nunca a un rebaño, subiría por las suyas, llegaría antes y se sentaría a esperarnos en la cumbre, muerto de risa, fumándose un cigarrillo tras otro para envenenarle el aire a Caralarga y disfrutar viendo cómo se retorcería de asfixia con sus ataques de asma. Los guías le dijeron que la opción era atarse al resto o volver solo a la base, creyendo que Sarlenga se sentiría intimidado ante la posibilidad de perderse en la montaña. No lo conocían, claro, no sabían de su soberbia a toda prueba, del desaforado egocentrismo que había estimulado en él su padre rico y putañero, para Sarlenga no había otra montaña que su propia sombra ni otro competidor que su imagen en el espejo.
Como la tosudez con que se negaba a ser atado les pareció inquebrantable, los guías decidieron que le permitirían subir solo, siempre que lo hiciera siguiendo a la caravana y no precediéndola, para que por lo menos supiera los pasos exactos que tenía que dar, con la montaña no se juega, le advirtió el guía que cerraría la fila, y si te vas de cabeza al fondo de un abismo será nuestra responsabilidad. La decisión de los guías hizo correr un murmullo de alivio entre los alumnos de segundo primera, sabíamos que Sarlenga era capaz de quedar suspendido sobre un precipicio nada más que por llamar la atención de Laurita Tornú y Amalia Montecassino. Si se cae no lo vamos a extrañar, gritó el Colorado Manteiga y el eco de las risas de todos se propagó por la montaña.
El ascenso del paredón no fue tan difícil como lo habían pintado los guías, tal vez porque conocían de memoria cada metro y cada hendidura en la piedra, y nos alentaban diciéndonos falta poco, aguiluchos, cantando canciones que hablaban de gestas, de aventuras heroicas entre las cuales se destacaba la nuestra de llegar caminando al cielo. Para cerciorarse de que Sarlenga no se hubiera perdido lo llamaban cada cinco minutos y Sarlenga respondía tarareando los sones de la banda musical de El puente sobre el río Kwai, una vieja película de guerra en colores donde los héroes no eran alumnos de segundo primera sino soldados norteamericanos enfrentando la intrínseca maldad oriental encarnada por los japoneses. Tara tararaitatá tara tarairará ta tá... tarareaba Sarlenga, imperturbable como los norteamericanos que siempre eran menos que los japoneses pero terminaban derrotándolos con su temple y la certeza de pertenecer a una raza elegida, no a un imperio de condenados amarillos fabricados en serie como sus transistores. El colorado Manteiga, el rubio Caralarga, yo mismo y todos los cuarenta alumnos de segundo primera no éramos más que japoneses domesticados, atados unos a otros mientras Sarlenga se pavoneaba sobre el paredón desnudo de la montaña, tara tararaitatá tara tararaitatá, desafiante y majestuoso como un cóndor aunque jamás se hubiera trepado siquiera a un árbol, con la garra de un animal cuya única y decisiva fortaleza es la evidencia de su soledad.
Hasta el último peñón escuchamos su tarareo triunfal, oculto en la nube que nos envolvió durante la etapa final del ascenso. Uno por uno fuimos emergiendo de la trama helada de la nube, frotando nuestros cuerpos ateridos a medida que el guía que había precedido la marcha nos liberaba de la atadura común a los arneses, cuidando que nadie diera un paso en falso cuando ya estábamos en la cima mientras los que habían llegado antes aplaudían a los rezagados, el sol en la cima brillaba intenso y tibio, no había viento y esa porción de cielo parecía un buen lugar para quedarse a celebrar la hazaña. Cuando el guía que venía cerrando la fila subió por fin todavía escuchábamos a Sarlenga tara tararaitatá aferrado a su tarareo como todos nosotros a la soga común, y nos reunimos al borde del abismo que acabábamos de vencer para recibirlo como a un héroe, obstinado y temerario pero héroe al fin. Ya habrá tiempo de acabar con él, susurró el rubio Caralarga en mis oídos y en los del colorado Manteiga, y estuvimos de acuerdo en que seguramente se presentaría una mejor oportunidad que aquélla, para exterminarlo sin que quedaran rastros de sus andanzas en este mundo, sin que nadie lo extrañara, ni sus propios padres ni mucho menos Laurita Tornú y Amalia Montecassino que, libres de la irradiación magnética de Sarlenga, no tendrían más remedio que prestarnos atención a nosotros, los Impenetrables de segundo primera.
El tarareo de Sarlenga crecía en intensidad a medida que se acercaba a la cima, nadie quería perderse el espectáculo de verlo surgir de la nube como a un ángel caído, el pelo húmedo y la mirada brillante por el esfuerzo y la excitación, no sé por qué cuando faltaba tan poco para que Sarlenga llegara a la cima de la montaña me acordé de Natalia en el andén de Constitución despidiéndome con esa sonrisa extraña, con esa mueca que se abrió en su rostro como el más temible de los abismos y que yo no podría ya salvar aunque me atara a los más expertos andinistas del mundo ni aunque, como Sarlenga, me atreviera a desafiar en soledad los miedos de mi adolescencia. Aparté la imagen de Natalia como a esas babas del diablo que en el verano cruzan las calles abrumadas por el calor de la siesta, hilos sutiles de otra realidad, colgajos calientes del infierno tan próximo a la ciudad y del que nadie se hace cargo, como si los límites de verdad fueran los que están escritos en mapas y documentos, y el orden de las cosas no hubiera sido alterado. Quité de mi vista, de un manotazo, la imagen inestable de Natalia que amenazaba con velarme el espectáculo que iba a dar Sarlenga, triunfal como un piloto de fórmula uno al que esperan en el podio dos bellas mujeres para colocarle la corona de flores y las medallas y entregarle la botella gigante de champaña con la que rociará a sus admiradores. Pero el tarareo se disipó en el viento que se levantó en ese instante, se abrió al medio como si lo que parecía un himno de supervivencia se hubiera desgajado y en vez del cóndor aguerrido y triunfante, dos pájaros oscuros levantaran vuelo en direcciones opuestas con el mismo sonsonete en sus picos: tara tarairará ta tá...
Dos días más tarde, tras el final precipitado de aquella excursión, los Impenetrables tuvimos una reunión secreta de emergencia para tratar de entender qué había sucedido realmente. En el sur todavía estaban buscando el cuerpo de Sarlenga, en tanto los guías habían sido detenidos y, aunque luego los liberaron, perdieron su trabajo por la irresponsabilidad de haber permitido que Sarlenga trepara por las suyas aquel paredón que, después de todo, era parte de la rutina de una excursión que se había repetido dos o tres veces por semana sin que nunca se hubiera producido antes un accidente. Nos preguntamos, en aquella reunión secreta de emergencia que fue la última de los Impenetrables, si alguien que no formaba parte de la secta se habría enterado de nuestras intenciones y había operado por su cuenta, tal vez saliéndole al cruce a Sarlenga y empujándolo al vacío, amparado en la cerrada trama blanca de la nube, pero en ese caso deberíamos haber oído el grito de la víctima, nos dijimos, nadie se precipita al vacío tarareando los acordes de El puente sobre el río Kwai por más héroe norteamericano que sea.
Nos volveremos a reunir cuando aparezca el cuerpo, o cuando el propio Sarlenga se presente en clase cagándose de risa de todos nosotros, propuso el rubio Caralarga, y nos pareció bien esperar porque, después de lo sucedido, coincidíamos en que Sarlenga era de verdad un tipo que merecía lo que había logrado, andar en un auto deportivo con minas espectaculares y mirarnos al resto de los mortales desde su pedestal de piloto de fórmula uno aunque de verdad se hubiera roto la cabeza contra las piedras, y si aparecía vivo hasta éramos capaces de incorporarlo a los Impenetrables y permitirle que fuera el jefe natural de aquella secta de abombados. Pero no apareció.
De a poco fuimos sin embargo retomando la normalidad. La escuela tiene esos baches, días feriados, huelgas de profesores, alumnos que dejan de asistir sin dar explicaciones a nadie. Había sucedido antes con Huguito Luva, aunque en ese caso ni siquiera se habló de él por lo apocado que había sido siempre en clase, ese desgano para seguir aprendiendo que le había merecido la reconvención del cuerpo de profesores y que había destacado en su informe final el comité de disciplina, para darlo de baja del plantel de alumnos sin siquiera citar a los padres.
También Sarlenga fue cayendo en el olvido, sus espléndidas mujeres se cansaron de esperarlo a la salida del colegio, al volante de autos deportivos de marcas europeas que nos dejaban a todos boquiabiertos, con ganas de presentarnos en reemplazo de Sarlenga, pedirles que nos llevaran a los lugares inimaginables de los que provenían, sentarnos a su lado o al mismísimo volante y ser, cada uno de nosotros, Sarlenga. Nunca nos atrevimos, las mujeres dejaron de aparecerse a la salida del colegio y de Sarlenga no se habló más, ni siquiera recordaría hoy su nombre si no hubiera sido por Dante Probeta, aquel profesor de química cuyo verdadero apellido he olvidado.
Han pasado por lo menos diez años y los párvulos de segundo primera somos ya hombres y mujeres con sus vidas encaminadas y dispersas. El colorado Manteiga me llamó esta noche por teléfono para avisarme de la reunión, a las once de la noche en el colegio, dijo con voz de agente secreto hablando desde una cabina pública a punto de ser acribillada a balazos, convocatoria urgente de los Impenetrables, y colgó sin darme otra explicación. Eran ya las diez y a mi mujer no le gustó nada que saliera de esta manera, prometió que al volver ya no la encontraré, vivimos juntos desde hace apenas un par de meses, no voy a tolerar que salgas con tus amigotes a putanear como si vivieras solo, gritó, razonablemente furiosa. No pude explicarle que es imposible no asistir a una convocatoria de los Impenetrables aunque hayan pasado diez años, le pedí que me esperara si confiaba en mí o que hiciera las valijas y se fuera, si cree que de verdad se trata de una cita con amigotes y mujeres, y salí dando un portazo.
Estaciono frente al viejo edificio, pasadas las once. Nunca me gustó llegar tarde al colegio, los pasillos desiertos, el pesado silencio de los que ya están sentados en sus pupitres, la tos seca y severa del profesor de turno. El portón de acceso está entornado y el colegio, a oscuras; la única luz, al final del interminable y lóbrego pasillo, es la del aula que hace diez años ocupamos los alumnos de segundo primera. Supongo que allí estarán reunidos los Impenetrables y sin preguntarme sobre las probables causas de esta intempestiva convocatoria avanzo resueltamente por el pasillo, taconeando sobre las baldosas para anunciar de algún modo mi llegada, Manteiga y Caralarga eran tipos puntuales y seguro que ya están ahí, fumando como murciélagos, impacientes, mirando sus relojes, a punto de volver a llamarme por teléfono para recordarme la cita.
En efecto, el aula está blanca de humo como un garito de jugadores de póquer, pese a la puerta vidriada es imposible ver su interior desde el pasillo: una espesa nube ocupa cada centímetro cuadrado, debe hacer mucho que están aquí, deliberando entre ellos hasta que decidieron convocarme.
La química orgánica y la inorgánica son como el alma y el espíritu, dice Dante Probeta en cuanto abro la puerta y me doy cuenta de que la nube no es de humo. Entro en el aula, hace frío y la intensa humedad me abraza como si me sumergiera en un estanque. Cierro la puerta y busco a tientas mi antigua ubicación. Recién al sentarme frente al mismo pupitre que ocupé diez años atrás descubro los rostros inexpresivos del colorado Manteiga y el rubio Caralarga, fijas sus miradas en el frente aunque desde acá no se vea el pizarrón ni al resto de los alumnos si vino alguno ni al profesor de química, cuya voz vuelve a sonar pero lejana, asordinada como el clarinete de un músico de jazz que, despertando de una borrachera en un departamento que apesta a tabaco, tocara en mitad de la noche para celebrar sus alucinaciones. Porque la desesperación y la angustia también son elementos polivalentes aunque las ciencias exactas no hayan descifrado aún sus posibilidades de combinación, dice Dante Probeta y agrega: alumno Sarlenga, explíqueles a sus compañeros de qué se trata.
Recién entonces Manteiga y Caralarga parecen descubrirme, qué hacés, che, cómo tardaste, dice el rubio Caralarga, él y el colorado Manteiga buscan mi complicidad para reírnos los tres porque Sarlenga jamás estudiaba las lecciones y sin embargo era capaz de improvisar explicaciones brillantes, inolvidables sanatas con las que hipnotizaba a los profesores hasta arrancarles un diez sin haber tocado nunca un libro. Tara tararaitatá, tararea Sarlenga desde lejos aunque vaya acercándose a nosotros, perdido en la nube mientras cruza tan campante su puente sobre el río Kwai para cumplir con la orden de Dante Probeta y explicarnos a su modo de qué se trata, tara tararai tatá, dice Sarlenga, ya sin tararear y cada vez más cerca.
jueves, 7 de enero de 2010
martes, 15 de diciembre de 2009
ELEGIMOS FEBRERO
A Raúl Bocaccio
En el viaje de ida apenas si lo oíamos quejarse del calor, de la fatiga, del aburrimiento que vivir demasiado va levantando como a un muro, y cuando Nacho se largó a cantar mientras conducía, Abuelo se tapó ostentosamente los oídos, puteó en su dialecto rockero, el que usaba en los recitales de La Portuaria o Los Redondos, bandas emblemáticas de su juventud en la Argentina que Nacho conoce porque se dedicó a investigar aquella época para su tesis universitaria. Una burrada, dijo Abuelo al enterarse por el propio Nacho del contenido de su tesis, que sin embargo había tenido elogios y una calificación que le permitió doctorarse. Todo mezclado, protestó airado Abuelo, Piojos con Redondos, Lerner con Charly, Spinetta con Tita Merello.
La tesis de Nacho no sólo hablaba de música, era una completa investigación de los remotos tiempos en la Argentina, milicos que se sublevaban para que no juzgaran sus crímenes y trabajadores que cortaban rutas o tomaban fábricas para que no cerraran, ricos contra pobres y unos que eran pobres pero querían ser ricos a los que llamaban clase media y que se quejaban por todo, presidentes que llegaban al poder anunciando siempre que la historia empezaba con ellos, todos escuchábamos lo que contaba Nacho como oyentes fascinados por una fábula que desbordaba nuestra imaginación, el único impermeable a la seducción del relato era Abuelo que negaba con la cabeza mientras parecía masticar con su mandíbula desdentada, típico de viejos desahuciados y solos, portadores a su pesar de una memoria contaminada que es imprescindible purificar y reciclar, por eso viajamos ahora al sur, la mañana está clara y la ruta despejada, algún camión de vez en cuando que al pasar por la mano contraria nos envuelve en su pestilencia, los procesan en Villalaura, dice Nacho sin apartar su vista de la ruta, hay un vaciadero y una planta modelo, lo que puede la tecnología, dice y en el interior del auto nos miramos con recelo, como pacientes en la sala de espera de un consultorio médico.
Abuelo se duerme después de un rato, indiferente a la locuacidad de Nacho que sigue hablando del pasado como si lo hubiera vivido, es raro que Nacho hable del pasado y Abuelo se resista a escucharlo cuando tendría que ser él quien contase de los remotos tiempos y Nacho quien siguiera su relato con atención y respeto, si le gusta tanto la historia. Pero para Nacho es una forma de mantenerse despierto mientras conduce, habla y habla aunque todos sigamos de a poco el ejemplo de Abuelo y vayamos cerrando los ojos, arrullados por el motor de la camioneta, hundiéndonos en una modorra cenagosa.
Llegamos a la estación de transferencia cuando ya ha caído la noche. Nacho estaciona en el sector de la playa adjudicado a los viajeros, apaga el motor y dándose vuelta toma a Abuelo por el hombro y lo zarandea suavemente, llegamos, Abuelo, dice aunque Abuelo ya está despierto quién sabe desde cuándo, tal vez desde que decidió fingir que dormía, los ojos muy abiertos y brillantes en los que se refleja como en un espejo el edificio imponente de la estación.
Descendemos todos porque para eso vinimos, cada operación necesita de la presencia de por lo menos media docena de testigos, mejor si son familiares directos, los trámites son menos engorrosos y es mayor la posibilidad de aprobación del expediente. Para los que no tienen familiares ni amigos cercanos el trámite es complicado hasta la exasperación, se busca desalentar el reciclaje de los que están definitivamente solos en el mundo, política de estado, la llaman. Pero es un riesgo que Abuelo nunca sintió como propio, con una docena de nietos y siete bisnietos, si hasta tuvimos que elegir quiénes de nosotros vendrían, el tope de testigos es de media docena y acá estamos sus nietos más entrañables, los mayores, los que hemos conocido a Abuelo en mejores condiciones que la actual, cuando no confundía a las personas ni se dormía cuando alguien le hablaba, cuando aún vivía con Elisa, su compañera, y no había sufrido el dolor de verla irse de su lado cuando Elisa volvió una mañana de la estación de transferencia y le anunció que no estaba dispuesta a esperarlo.
Abuelo se cuelga del brazo de Nacho para cruzar la playa hacia la estación, parece una marioneta descalabrada con casi todos sus hilos cortados, Nacho camina despacio para no tener que arrastrarlo como a una bolsa de huesos, mejor que lo vean llegar andando, nos dijo, los operadores piden dinero extra cuando tienen que procesar gente muy vieja o muy enferma, no es legal pero si uno se los niega te pueden tener una semana o un mes esperando y los reclamos al estado nunca tienen respuesta.
La estación es un galpón enorme pero mal iluminado, aquí y allá hay sectores en los que los focos abren círculos de luz sobre las cabezas de los aspirantes a ser transferidos. A los testigos nos detienen en el sector en sombras, donde hay unas gradas como las de un estadio, ocupadas por gente silenciosa, siluetas, en rigor, porque es imposible vernos los rostros en esta penumbra. Nacho sienta a Abuelo en uno de los círculos de luz y nosotros nos ubicamos junto a los testigos de las otras transferencias. Por un altavoz van llamando a los que les llega el turno, expediente dos millones quinientos cuarenta y siete: transferencia en sala siete, anuncia una voz gangosa, lo que pomposamente llaman salas son boxes, lugares precarios separados por un biombo y una cortina, desde las gradas vemos avanzar a los convocados, algunos lo hacen con toda la gallardía que les permite su edad; otros tienen dificultades para caminar, tropiezan y se tambalean, los vemos agitar los brazos como a equilibristas y a veces caer, unos se levantan y otros no, los que no se levantan son recogidos por personal de la estación y devueltos a sus posiciones originales porque han perdido el turno. Entre los que son devueltos hay quienes se resignan y quienes protestan a viva voz, se los oye insultar, proferir amenazas balbuceantes, lloriqueos, súplicas que se confunden con oraciones religiosas, tan comunes en los remotos tiempos. El personal no se conmueve, son trabajadores sindicalizados con una tarea determinada, cobran un buen salario por devolver a los viejos más débiles a sus posiciones originales, a la tercera caída se suspende la transferencia y el anciano pasa a procesamiento final, está en los reglamentos, nadie impugna la legitimidad de los procesos, ya bastante polémica hubo cuando se discutieron las respectivas leyes en el parlamento, tal vez con el enorme avance tecnológico que año a año no deja de sorprendernos pueda ir flexibilizándose la norma.
Abuelo es el expediente dos millones quinientos cincuenta y seis, no hay mayor demora porque estamos en febrero y medio país está de vacaciones, las ciudades se vacían y las estaciones de transferencia trabajan a media máquina, la gente en esta época del año no quiere hacerse problemas, si tienen un viejo en la casa prefieren dejarlo con alguien que lo cuide o llevarlo a la playa, hay balnearios especiales en los que los viejos están autorizados a caminar junto al mar, a mirar los atardeceres y el vuelo de las gaviotas.
Elegimos febrero para ahorrarle a Abuelo el sufrimiento de esperar durante horas en una estación atestada donde los baños no alcanzan y es frecuente ver a los viejos arrodillados o sentados a horcajadas para hacer sus necesidades, en un ambiente que al final del día se vuelve irrespirable. Y si bien esta noche hace calor, confiamos en que la transferencia será rápida y exitosa, y en un rato podremos volver todos cantando las canciones nuevas, tal vez hasta el propio Abuelo se siente al volante y conduzca sin apuro como a él le gusta, cruzando la tibia noche, de regreso a casa.
Expediente dos millones quinientos cincuenta y dos: transferencia en sala cuatro. Es el turno de Abuelo. Se levanta trabajosamente y aunque no se vuelve para saludarnos sabemos que lo haría si la última energía de su cuerpo en extinción se lo permitiera, porque conociéndolo estamos seguros de que no tiene miedo, de que enfrenta este momento como a una competencia deportiva, una prueba más de las tantas que en su larga vida tuvo que rendir para salir adelante, para fundar una familia feliz y numerosa como la nuestra, tan unidos todos en el amor a Abuelo. Fuerza Abuelo, grita Nacho poniéndose de pie en las gradas aunque los gritos de aliento estén prohibidos, y la figura de Abuelo parece proyectarse como un abrazo hacia nosotros con toda la fuerza de su memoria.
Durante los cinco o seis segundos que dura cada transferencia las luces de la estación se apagan para permitir que toda la energía se concentre en la sala respectiva. Es como el acto final en un teatro, cuando la oscuridad total marca la pausa entre el fin de la representación y la presencia de todos los actores sobre el escenario para saludar al público que los aplaude. Al volver la luz, una música muy suave saturada de violines y de pianos da la ambientación exacta para apaciguar los ánimos. Que la transferencia se realice no depende ya de la tecnología sino de la templanza y la convicción con la que el viejo haya enfrentado el trance, y en eso la familia que lo contuvo cumple un rol fundamental. Si las incoherencias de los viejos, el contacto cotidiano con sus pieles apergaminadas, los olores de la incontinencia y el abandono, los caprichos de sus erráticas conductas, no fueron tantos como para levantar el rechazo y la segregación, se correrá la cortina de la sala que le haya tocado en suerte y saldrá un cuerpo joven, lúcido y vital, sonriente aún antes de haberse visto en un espejo, de reunirse con sus seres queridos.
Es el caso de Abuelo, a quien a partir de ahora tendremos que llamar por su nombre de pila –que entre paréntesis nadie recuerda-. Tal vez convenga rebautizarlo, propone Nacho mientras nos turnamos para abrazar a este hombre de veinticinco años que nos palmea, efusivo, y repite en nuestros oídos que no se siente nada, que se sufre más en el consultorio del dentista, y reímos con él en el camino de vuelta a casa, y cantamos mientras él conduce, había olvidado este sencillo placer, dice contento, la memoria se carga de nostalgias y el futuro, de presentimientos, tenían razón los que afirmaban que la vejez es una enfermedad y dedicaron sus vidas a encontrarle cura, dice con aires de gurú sentado al volante de la camioneta mientras Nacho dormita en el último asiento, cansado pero feliz como todos nosotros.
En la casa familiar nos espera un buen brindis para celebrar el regreso de Abuelo, convertido ahora en quién sabe quién pero siempre el mismo, madurando a pesar de su juventud más que sus descendientes, después de todo es el primero de la estirpe en llegar a viejo, hubo tíos, primos y hasta un hermano que murieron porque sus voluntades decayeron antes de recibir los tratamientos, la medicina da pasos de gigante pero encuentra sus límites en una condición humana no siempre dispuesta a acompañar los progresos de la ciencia, hay y probablemente existan siempre zonas de penumbra en las que la luz del conocimiento no podrá penetrar jamás, pero esos son temas que hoy prefiero olvidar, filosofía de café, dice Nacho, esta noche celebremos.
Por los campos siempre verdes y exuberantes, por el necesario cielo azul y por las lluvias abundantes y serenas, por la certeza de que despertaremos incansablemente para continuar con nuestra siembra, propone su brindis el hombre que ha regresado con nosotros de la estación de transferencia y están nuestras copas en alto cuando suena el teléfono.
Hay protestas y pedidos de que nadie atienda, pero el sonido insistente me decide a levantar el tubo. Más carcajadas y nuevos brindis mientras trato de comprender lo que me dice la voz apenas audible al otro lado de la línea, y me arrepiento de haber atendido cuando la reconozco. Cuelgo y vuelvo a la celebración familiar, siguen los discursos, nadie me pregunta quién era excepto Nacho con una mirada desde la otra punta de la mesa a la que respondo levantando las cejas y mordiéndome el labio inferior, Nacho entiende, como en un juego donde valen las señas y los silencios.
La voz sonaba débil y balbuciente, aunque la desolación y el terror la alimentaron como un viento a la última brasa para decirme que estaba solo, que había logrado salir y refugiarse en una granja abandonada de las cercanías pero ahora mismo oigo el ladrido de los perros, vienen por mí, dijo, ayúdenme.
Durante el resto del año los fugitivos superan la capacidad del personal para darles caza y algunos consiguen volver. Siempre es inútil porque esos regresos sólo sirven para interrumpir las celebraciones y obligar, a veces, a reiniciar el trámite, situación que todo buen ciudadano, harto de la burocracia, busca evitar. En esta época es distinto, las patrullas no tardan en hallarlos, familiares y amigos ni se enteran del traspié.
También por eso elegimos febrero.
En el viaje de ida apenas si lo oíamos quejarse del calor, de la fatiga, del aburrimiento que vivir demasiado va levantando como a un muro, y cuando Nacho se largó a cantar mientras conducía, Abuelo se tapó ostentosamente los oídos, puteó en su dialecto rockero, el que usaba en los recitales de La Portuaria o Los Redondos, bandas emblemáticas de su juventud en la Argentina que Nacho conoce porque se dedicó a investigar aquella época para su tesis universitaria. Una burrada, dijo Abuelo al enterarse por el propio Nacho del contenido de su tesis, que sin embargo había tenido elogios y una calificación que le permitió doctorarse. Todo mezclado, protestó airado Abuelo, Piojos con Redondos, Lerner con Charly, Spinetta con Tita Merello.
La tesis de Nacho no sólo hablaba de música, era una completa investigación de los remotos tiempos en la Argentina, milicos que se sublevaban para que no juzgaran sus crímenes y trabajadores que cortaban rutas o tomaban fábricas para que no cerraran, ricos contra pobres y unos que eran pobres pero querían ser ricos a los que llamaban clase media y que se quejaban por todo, presidentes que llegaban al poder anunciando siempre que la historia empezaba con ellos, todos escuchábamos lo que contaba Nacho como oyentes fascinados por una fábula que desbordaba nuestra imaginación, el único impermeable a la seducción del relato era Abuelo que negaba con la cabeza mientras parecía masticar con su mandíbula desdentada, típico de viejos desahuciados y solos, portadores a su pesar de una memoria contaminada que es imprescindible purificar y reciclar, por eso viajamos ahora al sur, la mañana está clara y la ruta despejada, algún camión de vez en cuando que al pasar por la mano contraria nos envuelve en su pestilencia, los procesan en Villalaura, dice Nacho sin apartar su vista de la ruta, hay un vaciadero y una planta modelo, lo que puede la tecnología, dice y en el interior del auto nos miramos con recelo, como pacientes en la sala de espera de un consultorio médico.
Abuelo se duerme después de un rato, indiferente a la locuacidad de Nacho que sigue hablando del pasado como si lo hubiera vivido, es raro que Nacho hable del pasado y Abuelo se resista a escucharlo cuando tendría que ser él quien contase de los remotos tiempos y Nacho quien siguiera su relato con atención y respeto, si le gusta tanto la historia. Pero para Nacho es una forma de mantenerse despierto mientras conduce, habla y habla aunque todos sigamos de a poco el ejemplo de Abuelo y vayamos cerrando los ojos, arrullados por el motor de la camioneta, hundiéndonos en una modorra cenagosa.
Llegamos a la estación de transferencia cuando ya ha caído la noche. Nacho estaciona en el sector de la playa adjudicado a los viajeros, apaga el motor y dándose vuelta toma a Abuelo por el hombro y lo zarandea suavemente, llegamos, Abuelo, dice aunque Abuelo ya está despierto quién sabe desde cuándo, tal vez desde que decidió fingir que dormía, los ojos muy abiertos y brillantes en los que se refleja como en un espejo el edificio imponente de la estación.
Descendemos todos porque para eso vinimos, cada operación necesita de la presencia de por lo menos media docena de testigos, mejor si son familiares directos, los trámites son menos engorrosos y es mayor la posibilidad de aprobación del expediente. Para los que no tienen familiares ni amigos cercanos el trámite es complicado hasta la exasperación, se busca desalentar el reciclaje de los que están definitivamente solos en el mundo, política de estado, la llaman. Pero es un riesgo que Abuelo nunca sintió como propio, con una docena de nietos y siete bisnietos, si hasta tuvimos que elegir quiénes de nosotros vendrían, el tope de testigos es de media docena y acá estamos sus nietos más entrañables, los mayores, los que hemos conocido a Abuelo en mejores condiciones que la actual, cuando no confundía a las personas ni se dormía cuando alguien le hablaba, cuando aún vivía con Elisa, su compañera, y no había sufrido el dolor de verla irse de su lado cuando Elisa volvió una mañana de la estación de transferencia y le anunció que no estaba dispuesta a esperarlo.
Abuelo se cuelga del brazo de Nacho para cruzar la playa hacia la estación, parece una marioneta descalabrada con casi todos sus hilos cortados, Nacho camina despacio para no tener que arrastrarlo como a una bolsa de huesos, mejor que lo vean llegar andando, nos dijo, los operadores piden dinero extra cuando tienen que procesar gente muy vieja o muy enferma, no es legal pero si uno se los niega te pueden tener una semana o un mes esperando y los reclamos al estado nunca tienen respuesta.
La estación es un galpón enorme pero mal iluminado, aquí y allá hay sectores en los que los focos abren círculos de luz sobre las cabezas de los aspirantes a ser transferidos. A los testigos nos detienen en el sector en sombras, donde hay unas gradas como las de un estadio, ocupadas por gente silenciosa, siluetas, en rigor, porque es imposible vernos los rostros en esta penumbra. Nacho sienta a Abuelo en uno de los círculos de luz y nosotros nos ubicamos junto a los testigos de las otras transferencias. Por un altavoz van llamando a los que les llega el turno, expediente dos millones quinientos cuarenta y siete: transferencia en sala siete, anuncia una voz gangosa, lo que pomposamente llaman salas son boxes, lugares precarios separados por un biombo y una cortina, desde las gradas vemos avanzar a los convocados, algunos lo hacen con toda la gallardía que les permite su edad; otros tienen dificultades para caminar, tropiezan y se tambalean, los vemos agitar los brazos como a equilibristas y a veces caer, unos se levantan y otros no, los que no se levantan son recogidos por personal de la estación y devueltos a sus posiciones originales porque han perdido el turno. Entre los que son devueltos hay quienes se resignan y quienes protestan a viva voz, se los oye insultar, proferir amenazas balbuceantes, lloriqueos, súplicas que se confunden con oraciones religiosas, tan comunes en los remotos tiempos. El personal no se conmueve, son trabajadores sindicalizados con una tarea determinada, cobran un buen salario por devolver a los viejos más débiles a sus posiciones originales, a la tercera caída se suspende la transferencia y el anciano pasa a procesamiento final, está en los reglamentos, nadie impugna la legitimidad de los procesos, ya bastante polémica hubo cuando se discutieron las respectivas leyes en el parlamento, tal vez con el enorme avance tecnológico que año a año no deja de sorprendernos pueda ir flexibilizándose la norma.
Abuelo es el expediente dos millones quinientos cincuenta y seis, no hay mayor demora porque estamos en febrero y medio país está de vacaciones, las ciudades se vacían y las estaciones de transferencia trabajan a media máquina, la gente en esta época del año no quiere hacerse problemas, si tienen un viejo en la casa prefieren dejarlo con alguien que lo cuide o llevarlo a la playa, hay balnearios especiales en los que los viejos están autorizados a caminar junto al mar, a mirar los atardeceres y el vuelo de las gaviotas.
Elegimos febrero para ahorrarle a Abuelo el sufrimiento de esperar durante horas en una estación atestada donde los baños no alcanzan y es frecuente ver a los viejos arrodillados o sentados a horcajadas para hacer sus necesidades, en un ambiente que al final del día se vuelve irrespirable. Y si bien esta noche hace calor, confiamos en que la transferencia será rápida y exitosa, y en un rato podremos volver todos cantando las canciones nuevas, tal vez hasta el propio Abuelo se siente al volante y conduzca sin apuro como a él le gusta, cruzando la tibia noche, de regreso a casa.
Expediente dos millones quinientos cincuenta y dos: transferencia en sala cuatro. Es el turno de Abuelo. Se levanta trabajosamente y aunque no se vuelve para saludarnos sabemos que lo haría si la última energía de su cuerpo en extinción se lo permitiera, porque conociéndolo estamos seguros de que no tiene miedo, de que enfrenta este momento como a una competencia deportiva, una prueba más de las tantas que en su larga vida tuvo que rendir para salir adelante, para fundar una familia feliz y numerosa como la nuestra, tan unidos todos en el amor a Abuelo. Fuerza Abuelo, grita Nacho poniéndose de pie en las gradas aunque los gritos de aliento estén prohibidos, y la figura de Abuelo parece proyectarse como un abrazo hacia nosotros con toda la fuerza de su memoria.
Durante los cinco o seis segundos que dura cada transferencia las luces de la estación se apagan para permitir que toda la energía se concentre en la sala respectiva. Es como el acto final en un teatro, cuando la oscuridad total marca la pausa entre el fin de la representación y la presencia de todos los actores sobre el escenario para saludar al público que los aplaude. Al volver la luz, una música muy suave saturada de violines y de pianos da la ambientación exacta para apaciguar los ánimos. Que la transferencia se realice no depende ya de la tecnología sino de la templanza y la convicción con la que el viejo haya enfrentado el trance, y en eso la familia que lo contuvo cumple un rol fundamental. Si las incoherencias de los viejos, el contacto cotidiano con sus pieles apergaminadas, los olores de la incontinencia y el abandono, los caprichos de sus erráticas conductas, no fueron tantos como para levantar el rechazo y la segregación, se correrá la cortina de la sala que le haya tocado en suerte y saldrá un cuerpo joven, lúcido y vital, sonriente aún antes de haberse visto en un espejo, de reunirse con sus seres queridos.
Es el caso de Abuelo, a quien a partir de ahora tendremos que llamar por su nombre de pila –que entre paréntesis nadie recuerda-. Tal vez convenga rebautizarlo, propone Nacho mientras nos turnamos para abrazar a este hombre de veinticinco años que nos palmea, efusivo, y repite en nuestros oídos que no se siente nada, que se sufre más en el consultorio del dentista, y reímos con él en el camino de vuelta a casa, y cantamos mientras él conduce, había olvidado este sencillo placer, dice contento, la memoria se carga de nostalgias y el futuro, de presentimientos, tenían razón los que afirmaban que la vejez es una enfermedad y dedicaron sus vidas a encontrarle cura, dice con aires de gurú sentado al volante de la camioneta mientras Nacho dormita en el último asiento, cansado pero feliz como todos nosotros.
En la casa familiar nos espera un buen brindis para celebrar el regreso de Abuelo, convertido ahora en quién sabe quién pero siempre el mismo, madurando a pesar de su juventud más que sus descendientes, después de todo es el primero de la estirpe en llegar a viejo, hubo tíos, primos y hasta un hermano que murieron porque sus voluntades decayeron antes de recibir los tratamientos, la medicina da pasos de gigante pero encuentra sus límites en una condición humana no siempre dispuesta a acompañar los progresos de la ciencia, hay y probablemente existan siempre zonas de penumbra en las que la luz del conocimiento no podrá penetrar jamás, pero esos son temas que hoy prefiero olvidar, filosofía de café, dice Nacho, esta noche celebremos.
Por los campos siempre verdes y exuberantes, por el necesario cielo azul y por las lluvias abundantes y serenas, por la certeza de que despertaremos incansablemente para continuar con nuestra siembra, propone su brindis el hombre que ha regresado con nosotros de la estación de transferencia y están nuestras copas en alto cuando suena el teléfono.
Hay protestas y pedidos de que nadie atienda, pero el sonido insistente me decide a levantar el tubo. Más carcajadas y nuevos brindis mientras trato de comprender lo que me dice la voz apenas audible al otro lado de la línea, y me arrepiento de haber atendido cuando la reconozco. Cuelgo y vuelvo a la celebración familiar, siguen los discursos, nadie me pregunta quién era excepto Nacho con una mirada desde la otra punta de la mesa a la que respondo levantando las cejas y mordiéndome el labio inferior, Nacho entiende, como en un juego donde valen las señas y los silencios.
La voz sonaba débil y balbuciente, aunque la desolación y el terror la alimentaron como un viento a la última brasa para decirme que estaba solo, que había logrado salir y refugiarse en una granja abandonada de las cercanías pero ahora mismo oigo el ladrido de los perros, vienen por mí, dijo, ayúdenme.
Durante el resto del año los fugitivos superan la capacidad del personal para darles caza y algunos consiguen volver. Siempre es inútil porque esos regresos sólo sirven para interrumpir las celebraciones y obligar, a veces, a reiniciar el trámite, situación que todo buen ciudadano, harto de la burocracia, busca evitar. En esta época es distinto, las patrullas no tardan en hallarlos, familiares y amigos ni se enteran del traspié.
También por eso elegimos febrero.
martes, 8 de diciembre de 2009
"PLACERES DE OFICINISTA"
A mi buen amigo Zeki
Volver a casa cuando se vive en ciudades como Buenos Aires no es un acto voluntario sino un deseo casi tan difícil de concretar como que Jennifer López nos llame esta noche para reprocharnos haberla dejado de plantón en una esquina cualquiera de Nueva York.
Aparicio Méndez es oficinista y trabaja en pleno centro de la ciudad que alguna vez Gardel cantó como a “la reina del Plata” y hoy es un tajo cruel hecho por un cirujano loco sobre el cuerpo de su paciente indefenso y sin anestesia, músculos, sangre y grasa, aminoácidos con cara de yo no fui, glóbulos rojos disfrazados de revolucionarios, oligarcas espantados por las tropelías del monstruo que ellos mismos contribuyeron a armar pagándole su salario al doctor Frankestein.
Cuando Méndez cumple con sus ocho horas de estar sentado frente a su ordenador, acaba hipnotizado y balbuceante, como sometido a sucesivos shocks eléctricos, y lo único que ambiciona es regresar a su departamento en un barrio promiscuo del conurbano, para lo cual debe abordar el metro que a última hora de la tarde es una cinta transportadora de agotados robots y combinar en alguna estación de transferencia con atestados trenes de cercanías o buses igualmente colmados y conducidos por sicópatas.
Con estoicismo de comanche obligado a ver la saga completa de westerns de John Wayne, Méndez soporta el metro, el tren de cercanías y vivir en un departamento en un edificio construido con planes del banco hipotecario, de paredes agrietadas y vecinos cuyos gritos explotan en mitad de su living como si fueran parte de su familia. Pero todas las células de su cuerpo se paralizan de asco cuando, faltando dos calles de tierra para llegar, dos pibes que juntos no suman quince años le salen al cruce, navaja y 32 corto en mano, y le reclaman dame toda la guita o te despanzurramos acá mismo.
Es lógico que Jennifer López empiece a impacientarse. La cita con ella era a las ocho y media, son las nueve menos cuarto y los que no suman ni quince lo quieren todo. Olfatearon como perros cebados que Aparicio Méndez cobró su sueldo esta mañana, o tal vez el cadete, ese imberbe impertinente que vive conectado a los cidís de cuanto marginal con guitarra eléctrica se ponga de moda en la comunidad de sordos del rocanrol local, es cómplice de esta mala jugada y les avisó que si lo agarran al jovato cuando vuelve de noche con su limosna mensual, lo limpian sin problemas, es un blandengue y sólo se arriesgan a que se les ponga a llorar en medio de la calle.
Jennifer mira su reloj pulsera de oro y se dice que tampoco Aparicio Méndez es Bruce Willis aunque la vaya de recio, por la edad está más cerca de Harrison Ford aunque por su contextura física podría hacer pareja con Stan Laurel sin que los amantes del gordo y el flaco notaran la diferencia. Pero el amor todo lo puede y espera, paciente y bella Jennifer, a que Aparicio Méndez se ponga efectivamente a llorar en medio de la calle de tierra. Sus lágrimas de cocodrilo dundee envalentonan a los que no suman quince, les alborotan tanto las lampiñas hormonas que se le acercan sin tomar otra precaución que quedarse un paso atrás, el del 32, mientras el de la navaja lo palpa hasta encontrar el sobre con el sueldo. Papita para el loro, dice el de la navaja antes de caer con la nuca quebrada como una de las gallinas que Méndez sacrificaba en la chacra donde se crió, antes de venir a labrarse un futuro a Buenos Aires. El mismo cuerpo sin plumas que Méndez revolea le da de lleno al del 32 corto, volteándolo como a un palote del bowling que Aparicio frecuenta los sábados a la noche, después de dejar a Julia Roberts suspirando por él en el living del departamento. Aplastarle la cabeza no es una tarea pesada para Oliver Hardy, aunque para que el espectador se ría groseramente sea necesaria su torpeza, que el sobreviviente sobreviva soltando una baba blanca de perro atropellado, y acabarlo con un puntapié en el cerebro cuya potencia envidiaría el Piojo López, puesto a disparar el penal de la definición en una final por la copa del mundo.
Agachándose sobre la calle de tierra, Aparicio Méndez recoge el sobre con su bien ganado sueldo de triunfador, lo guarda en el mismo bolsillo en el que lo traía y llega por fin a su departamento.
Ahí mismo, en la pantalla del televisor que dejó encendido al salir esta mañana, Jeniffer López le hace un mohín de bienvenida y corre a encontrarse con Tom Cruise, es hora de ganarse un par de millones de dólares y ya habrá tiempo para volver a encontrarse con su verdadero amor, toda mujer está genéticamente condicionada para hacer sufrir a sus galanes, sobre todo si estos llegan tarde a una cita con el burdo pretexto de que los asaltaron en la calle de un barrio miserable de los suburbios de una megalópolis latinoamericana.
De todos modos Aparicio Méndez no sufre por los vanidosos desplantes de una hispana reconvertida como Jeniffer. Tiene a su lado, sentadita en el sofá, a Julia Roberts. Qué bella es, qué rostro perfecto, qué cuerpo envidiable.
Con Julia ven la película completa sin dormirse, después Aparicio apaga el televisor, besa a su amada y se va a su cuarto donde, agotado por ocho horas de oficina frente al ordenador, duerme de un tirón toda la noche.
Si de lunes a viernes el odioso reloj despertador le recuerda que a las seis de la mañana debe levantarse para estar a las ocho y media en el centro de Buenos Aires, hoy, sábado, puede dormir un rato más, disfrutar de la tibieza de la cama, moverse en su somnolencia como un pez de las profundidades, soñar que todavía lo espera Julia Roberts en el living para pasar juntos el fin de semana, que su departamento huele a jardines babilónicos y no a la fosa común de un cementerio, el cadáver de la última prostituta que se cargó hace dos días tumbado sobre el sofá y exudando ya sus jugos.
Para colmo, en el televisor eternamente encendido repiten la película de anoche, Jeniffer López vuelve a saludarlo con un mohín y corre a encontrarse de nuevo con Tom Cruise, qué linda es Jeniffer, se dice Aparicio Méndez, qué linda era Julia todavía anoche, qué bellas son las mujeres antes de empezar a pudrirse como frutas arrancadas del árbol y abandonadas sin siquiera haberles hincado el diente.
Placeres de oficinista, de tipos ordenados, pulcros, rutinarios, insospechables. Como Aparicio Méndez, que el lunes volverá a cruzar la ciudad para cumplir sus ocho horas frente al ordenador y por la noche, con el sueldo intacto que los que apenas sumaban quince no pudieron arrebatarle, saldrá a buscar prostitutas para hablarles de amor, del glamour de vivir en Hollywood aunque los de efectos especiales, casi tan geniales como los políticos para disfrazar la realidad, hagan que Beverly Hills se parezca a un triste barrio del conurbano bonaerense.
Pero ahora hay que encargarse del trabajo sucio de cada semana: envolver el cadáver en la habitual bolsa de plástico para trasladarlo esta noche a los vaciaderos de basura en Villa Lugano, limpiar y desinfectar el sofá y aromatizar el living con desodorante de ambientes.
No le agrada la tarea pero se consuela pensando que al regresar de los vaciaderos, tarde en la noche, Jennifer López esté de nuevo esperándolo, porque en los canales de cable repiten las películas hasta el hartazgo.
Volver a casa cuando se vive en ciudades como Buenos Aires no es un acto voluntario sino un deseo casi tan difícil de concretar como que Jennifer López nos llame esta noche para reprocharnos haberla dejado de plantón en una esquina cualquiera de Nueva York.
Aparicio Méndez es oficinista y trabaja en pleno centro de la ciudad que alguna vez Gardel cantó como a “la reina del Plata” y hoy es un tajo cruel hecho por un cirujano loco sobre el cuerpo de su paciente indefenso y sin anestesia, músculos, sangre y grasa, aminoácidos con cara de yo no fui, glóbulos rojos disfrazados de revolucionarios, oligarcas espantados por las tropelías del monstruo que ellos mismos contribuyeron a armar pagándole su salario al doctor Frankestein.
Cuando Méndez cumple con sus ocho horas de estar sentado frente a su ordenador, acaba hipnotizado y balbuceante, como sometido a sucesivos shocks eléctricos, y lo único que ambiciona es regresar a su departamento en un barrio promiscuo del conurbano, para lo cual debe abordar el metro que a última hora de la tarde es una cinta transportadora de agotados robots y combinar en alguna estación de transferencia con atestados trenes de cercanías o buses igualmente colmados y conducidos por sicópatas.
Con estoicismo de comanche obligado a ver la saga completa de westerns de John Wayne, Méndez soporta el metro, el tren de cercanías y vivir en un departamento en un edificio construido con planes del banco hipotecario, de paredes agrietadas y vecinos cuyos gritos explotan en mitad de su living como si fueran parte de su familia. Pero todas las células de su cuerpo se paralizan de asco cuando, faltando dos calles de tierra para llegar, dos pibes que juntos no suman quince años le salen al cruce, navaja y 32 corto en mano, y le reclaman dame toda la guita o te despanzurramos acá mismo.
Es lógico que Jennifer López empiece a impacientarse. La cita con ella era a las ocho y media, son las nueve menos cuarto y los que no suman ni quince lo quieren todo. Olfatearon como perros cebados que Aparicio Méndez cobró su sueldo esta mañana, o tal vez el cadete, ese imberbe impertinente que vive conectado a los cidís de cuanto marginal con guitarra eléctrica se ponga de moda en la comunidad de sordos del rocanrol local, es cómplice de esta mala jugada y les avisó que si lo agarran al jovato cuando vuelve de noche con su limosna mensual, lo limpian sin problemas, es un blandengue y sólo se arriesgan a que se les ponga a llorar en medio de la calle.
Jennifer mira su reloj pulsera de oro y se dice que tampoco Aparicio Méndez es Bruce Willis aunque la vaya de recio, por la edad está más cerca de Harrison Ford aunque por su contextura física podría hacer pareja con Stan Laurel sin que los amantes del gordo y el flaco notaran la diferencia. Pero el amor todo lo puede y espera, paciente y bella Jennifer, a que Aparicio Méndez se ponga efectivamente a llorar en medio de la calle de tierra. Sus lágrimas de cocodrilo dundee envalentonan a los que no suman quince, les alborotan tanto las lampiñas hormonas que se le acercan sin tomar otra precaución que quedarse un paso atrás, el del 32, mientras el de la navaja lo palpa hasta encontrar el sobre con el sueldo. Papita para el loro, dice el de la navaja antes de caer con la nuca quebrada como una de las gallinas que Méndez sacrificaba en la chacra donde se crió, antes de venir a labrarse un futuro a Buenos Aires. El mismo cuerpo sin plumas que Méndez revolea le da de lleno al del 32 corto, volteándolo como a un palote del bowling que Aparicio frecuenta los sábados a la noche, después de dejar a Julia Roberts suspirando por él en el living del departamento. Aplastarle la cabeza no es una tarea pesada para Oliver Hardy, aunque para que el espectador se ría groseramente sea necesaria su torpeza, que el sobreviviente sobreviva soltando una baba blanca de perro atropellado, y acabarlo con un puntapié en el cerebro cuya potencia envidiaría el Piojo López, puesto a disparar el penal de la definición en una final por la copa del mundo.
Agachándose sobre la calle de tierra, Aparicio Méndez recoge el sobre con su bien ganado sueldo de triunfador, lo guarda en el mismo bolsillo en el que lo traía y llega por fin a su departamento.
Ahí mismo, en la pantalla del televisor que dejó encendido al salir esta mañana, Jeniffer López le hace un mohín de bienvenida y corre a encontrarse con Tom Cruise, es hora de ganarse un par de millones de dólares y ya habrá tiempo para volver a encontrarse con su verdadero amor, toda mujer está genéticamente condicionada para hacer sufrir a sus galanes, sobre todo si estos llegan tarde a una cita con el burdo pretexto de que los asaltaron en la calle de un barrio miserable de los suburbios de una megalópolis latinoamericana.
De todos modos Aparicio Méndez no sufre por los vanidosos desplantes de una hispana reconvertida como Jeniffer. Tiene a su lado, sentadita en el sofá, a Julia Roberts. Qué bella es, qué rostro perfecto, qué cuerpo envidiable.
Con Julia ven la película completa sin dormirse, después Aparicio apaga el televisor, besa a su amada y se va a su cuarto donde, agotado por ocho horas de oficina frente al ordenador, duerme de un tirón toda la noche.
Si de lunes a viernes el odioso reloj despertador le recuerda que a las seis de la mañana debe levantarse para estar a las ocho y media en el centro de Buenos Aires, hoy, sábado, puede dormir un rato más, disfrutar de la tibieza de la cama, moverse en su somnolencia como un pez de las profundidades, soñar que todavía lo espera Julia Roberts en el living para pasar juntos el fin de semana, que su departamento huele a jardines babilónicos y no a la fosa común de un cementerio, el cadáver de la última prostituta que se cargó hace dos días tumbado sobre el sofá y exudando ya sus jugos.
Para colmo, en el televisor eternamente encendido repiten la película de anoche, Jeniffer López vuelve a saludarlo con un mohín y corre a encontrarse de nuevo con Tom Cruise, qué linda es Jeniffer, se dice Aparicio Méndez, qué linda era Julia todavía anoche, qué bellas son las mujeres antes de empezar a pudrirse como frutas arrancadas del árbol y abandonadas sin siquiera haberles hincado el diente.
Placeres de oficinista, de tipos ordenados, pulcros, rutinarios, insospechables. Como Aparicio Méndez, que el lunes volverá a cruzar la ciudad para cumplir sus ocho horas frente al ordenador y por la noche, con el sueldo intacto que los que apenas sumaban quince no pudieron arrebatarle, saldrá a buscar prostitutas para hablarles de amor, del glamour de vivir en Hollywood aunque los de efectos especiales, casi tan geniales como los políticos para disfrazar la realidad, hagan que Beverly Hills se parezca a un triste barrio del conurbano bonaerense.
Pero ahora hay que encargarse del trabajo sucio de cada semana: envolver el cadáver en la habitual bolsa de plástico para trasladarlo esta noche a los vaciaderos de basura en Villa Lugano, limpiar y desinfectar el sofá y aromatizar el living con desodorante de ambientes.
No le agrada la tarea pero se consuela pensando que al regresar de los vaciaderos, tarde en la noche, Jennifer López esté de nuevo esperándolo, porque en los canales de cable repiten las películas hasta el hartazgo.
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